miércoles, 9 de abril de 2008


Siento ganas de llorar cuando me pongo a pensar en mí felicidad. Primeramente me interesa dejar claro que no me considero una persona egoísta en lo más mínimo, por eso es que digo que no suelo hacer esto de pensar en mí. Pero a veces necesito hacer un balance, ese balance del que todos hablan pero realmente nadie lo hace. Peso las cosas buenas y malas que tengo. De lo malo considero a lo que me resigno y a lo que no. De lo bueno, lo que voy a cuidar y conservar y lo que voy a ir por más. Puede ser aburrido pero lo hago. Me reconforta y me ayuda a ver cómo estoy y qué necesito. Por más de que no pueda darme eso quE necesito, creo que saberlo es escencial. Así como hay que saber lo que te hace bien, lo que te hace sonreir cada mañana y sufrir cada noche por tener que esperar al otro día para volver a sentirlo, disfrutarlo, creerlo y vivirlo. Lo que quiero decir con creerlo, tal vez sea algo totalmente personal; pero me pasa mucho no creer las cosas por ser demasiado buenas. Estar muy observadora y crítica buscando ese error o defecto que tiene que tener, sin lugar a dudas. Ése tal vez sea un gran defecto mío, creer que todo tiene que tener algo negativo, triste, malo. Porque cada vez que algo es perfecto lo que pasa por mi mente es demasiado perfecto para ser real. Y me obsesiono buscando ese error o defecto que seguramente existe, porque la perfección no es real, pero tal vez no era el momento de darme cuenta. Porque la desepción de conocerlo me hace abandonar todo deseo de conocer ese algo o alguien. Estoy harta de mí, harta de mis actitudes. De tal vez empezar un texto con muchas ganas y energía, sobre un tema y haciéndome la que estoy muy segura de lo que digo, y termino demostrando lo frágil e insegura que soy. No voy a borrar esto, qué me interesa. Tal vez sólo tenga que bastarme con mi propia felicidad.

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El peor día de mi vida

Que asqueroso día el 24 de Marzo de 2008. Esos son los días que habría que eliminarlos del calendario, borrarlos, tacharlos, surpimirlos, taparlos, omitirlos u olvidarlos. Olvidemos que existió. Pasemos del 23 al 25 sin dudarlo ni cuestionarnos absolutamente nada. Porque hace 32 años hubo un golpe militar. No fue una dictadura como las anteriores, fue macabra, maligna, cruel, torturadora, que mató no solo a 30.000 almas si no a 30.000 familias. Y eso no tiene perdón, hay que hacer justicia. Y la única manera que podemos hacer justicia es recordando, siendo concientes, no puede ser que gran parte de la población (el 41%, según Clarín) no sepa por qué el Lunes 24 de Marzo de 2008 pudo quedarse un día más en sus mini-vacaciones en la costa, o faltó al colegio (significó día de festejo tal vez), o dejó de trabajar, o lo que fuere. Sea como sea, la dictadura militar no es el tema por el que quiero y necesito escribir, si no lo que pasó particularmente este 24 de Marzo. Se murió alguien muy importante en mi vida. No viene al caso ni nombrarlo, ni señalarlo, no porque no lo merezca, merece muchísimas cosas que nunca voy a poder darle, si no porque no tengo ganas. Me siento mal. Mal por diversos motivos, por muchos, y no puedo evitar intentar convencerme con eso de que esta mejor en donde esta ahora, porque no voy a mentir que no es hermoso creer eso, pero quién sabe. Como todo, intentamos respondernos cosas a las cuales no tenemos idea solamente por nuestro propio bienestar, nuestra propia salud mental. Yo quiero ser sensata, no me convence decir que está mejor donde está ahora porque no lo sé, ojalá supiera, ojalá. El punto es que me siento culpable. Ése es uno de los puntos. ¿Por qué no te llamé más? ¿Por qué no te daba mucha charla cuando me llamabas? ¿Por qué en vez de molestarme porque tu llamado interrumpía lo que yo estaba haciendo no esbozaba una sonrisa porque te tenía, porque podía escuchar tu voz, tus silbidos, tus comentarios? ¿Por qué? ¿Por qué no te visité más? ¿Por qué no te repetí más veces que te quiero muchísimo? No lo sé. Eso me da culpa. Me siento una mala persona, te extraño mucho, aunque fue hace solamente tres días que te perdimos, extraño más que nada la idea de saber que te tenía, aunque no la valoraba, ahora me doy cuenta que eso me daba tranquilidad. Porque tal vez estaba meses y meses sin verte, pero sabía que estabas. Tal vez enferma, tal vez triste y deprimida. Pero estabas, seguías llamando a mi casa, sea cual fuere la razón por la que llamabas. Escuchaba tu voz, reíamos aunque sea unos segundos. Me mata la culpa. Mis amigas me explican, que es común en un adolescente. Pero ahora no me importa qué es común o no, porque yo extraño saber de tu existencia física, por más de que en mi corazón vas a estar por siempre. Te juro por lo que me queda acá en la tierra que no te voy a olvidar nunca, nunca, y que valoro mucho todo lo que luchaste, todos tenemos un tope, este fue el tuyo. Ahora es cuando quiero autoconvencerme y digo: estás en un lugar mejor. Es lindo pensarlo, y quién te dice que no es así? Sé que vos sabés de mi dolor, de mi tristeza, sé que estás dando vueltas por acá, sé que podés escucharme, verme, que me ayudás y me guías aunque yo no lo note, puedo sentirlo.
Gracias por lo que me diste en estos años de toda mi niñez, abuelita. Te quiero muchísimo, dificil explicarlo en palabras, este sentimiento me ahoga, no me deja respirar, me disperso de a ratos pero después vuelvo a sentir esa soga que no me deja olvidarme, y le agradezco, no quiero olvidarme, nunca voy a olvidarme de vos ni de todo lo que me diste, nunca, y sé que esta culpa se va a ir, tal vez así tenga que ser. Te quiero de acá hasta el cielo. Y nunca usé esta frase tan bien. Te voy a extrañar, abuelita.